La poesia y los días

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La escritura hija de los días. La que inventa al día, le da sentido y sustento y la que los días crean a su imagen y semejanza. Toda imagen que conmueva, que desordene los sentidos y sea capaz de convocar al desasosiego, al diálogo interior que es justificación de todo autor. La palabra que sobrevive, y en consecuencia, se distingue de la otra endeble, que cae al piso como hojas desmayadas. Posiblemente tendrá cabida otra tentativa: La que no provine de la experiencia personal; sino de la que se hace colectiva, nos elige de morada pero que nosotros no vivimos y llega como un eco de otro tiempo.

Ese será el acento de esta escritura, de allí su virtud y tragedia. No defenderemos ni una ni otra.

Frente a lo cotidiano y su contrario, habita el asombro; en este caso, la palabra que está por escribirse. No fumamos de lo concluido...

APUNTES IDEAS EJERCICIOS Y CRÓNICA DEL MÁS LARGO VIAJE DE LA UTOPÍA

domingo, 28 de marzo de 2021

Testimonio

LAS DOS MUERTES DE CARLITOS GARCÍA,

EL TENOR QUE TOCABA LA GUITARRA COMO UN CUATRO

Miguel Pérez

La noche del viernes frecuentó una incomodidad tras otra. El sueño se me escapó por la ventana. Reiteradas veces las campanas de la tristeza ocuparon las puertas de mi percepción. Otra vez escuché las canciones de Carlitos. Varias veces la misma canción. No dejaron de rondarme fragmentos de conversación, rostros, escenas de bares, esquinas y fragmentos de la Madariaga y los alrededores de la iglesia Santo Domingo.

El sábado en la mañana interpelé a Nancy Gómez en su casa y así surgió una posible cadena de informantes. Nancy me remitió a Luis Guillén…

—No sé dónde vive, le dije.

—Pregúntale a Henry Soto. Ese sabe…

En el camino sumé a Coromoto Camacho. Henry se disculpó: —así como tú quieres yo sé muy poco del accidente. Extendió la paleta hasta casi cubrir la cuadra y media (en forma de Ele) que separa la casa de sus padres de la casa de los Guillén (Henry tenía el olor de los panes recién salidos del horno). Pero como no encontré a Luis Guillén, decidí explorar las casas vecinas. Hablé con Elsy Natera y con Milagro Escorche.

¡Pero vamos por parte!

—Nancy ¿Ya sabes que murió Carlitos García? ¿Tú te recuerdas del accidente donde murió Carlitos García?

—¡Coño, qué no murió en ese accidente!... ¡Ay, yo no fui a visitarlo!... En ese accidente murieron Pucho Herrera, Guillén y el menor de los Pulidos…

A Coromoto me lo encontré sentado en una esquina de la cancha de Banco Obrero.

Coromoto aunque no recuerda el día, me dijo que eso ocurrió el 74 y con la seguridad que da el manejo de referencias, agregó que esa mañana suspendieron el examen final de matemáticas porque Víctor Pulido estudiaba con ellos en el Diversificado (aludiendo a la UDER). Y como quién se expresa desde el conocimiento, certeramente sentenció:

—¡Jugaba volibol y bebía aguardiente arrechamente!

Y finalmente añadió: Fueron a llevarle una serenata a Sol Mussett… (Carlitos estaba muy enamorado de ella).

Carlitos García fue el primer novio de Elsy. Y ella lo recuerda con un orgullo desmesurado. Muerta de la risa, Elsy rememora las visitas a la casa de los padres de Carlitos estableciendo comparaciones con los novios de hoy día: —Apenas una agarradita de mano. Eso era todo.

Le pregunté por el nombre de Guillén: —Creo que se llamaba como su padre pero no recuerdo bien… y me remitió a la casa de Milagro.

Desde el desconcierto (ternura y dolor) citó a los tres ataúdes en hombros de amigos y para ahorrarse los detalles de la congoja (volverla a vivir) apeló a un lenguaje certero: —Aquella fue una tarde triste… parecía que iba a llover en San Carlos.

San Carlos era un rebullicio de consternación bajo un sol amarillo. Como una masa adolorida y resignada avanzaba en un solo llanto hacia el cementerio.

Miró al suelo y al levantar los ojos dijo: —Decían que el carro se partió en dos, sin dejar de mencionar que Guillén recién graduado de Lic. era el dueño del carro y había venido a pasar unos días con sus padres.

—Sé que era azul… Es toda la imagen que conserva del vehículo.

Ya en la casa vecina (vecina de Elsy), y con mucha confianza en la memoria, Milagro repitió en voz alta y sin titubear el nombre de Chito Guillén como mis maestras pasaban lista: —Florencio Antonio Guillén, precisando que era administrador y que además de Carlitos también se salvó Orlando Pinto.

Me señaló una fecha sujeta a confirmación: El accidente creo que ocurrió el 4 o 7 de agosto y saco a relucir su proximidad con la muerte de un cuñado.

Me acerqué a la casa de enfrente de los Guillén y me respondió el silencio contundentemente una vez más: —No insista, pase en tardecita, debe andar trabajando, me gritó desde una casa vecina una mujer que no levantó la cara.

Ya a esta hora mi amigo y excompañero de trabajo por muchos años, Miguel Herrero, le cantaba a Carlos con el temple del tenor que es… Iba de la urna al arpa y soltaba el chorro de voz como un rayo herido… como un trueno adolorido y la gente lo aplaudía y uno no sabe a ciencia cierta para quién eran los aplausos… y Miguel —eterno joven delgado muy temeroso, siempre con mucho miedo del escenario—, esta vez se empinó como un roble...

“Esta es la segunda vez que veo a Miguel cantar como a mí me gusta que canten los dioses. La primera vez fue el concierto que dio en La Blanquera bajo grandes cataclismos de desamor. Y esta de hoy —sábado de marzo 20— parado desde el balcón del llanto —víctima de otro dolor, de otra dentellada de la vida—, le tocó despedir a nuestro amigo muerto…”

Muy cerca de Miguel la poeta que copia los modelos de vestidos a las vírgenes, permanecía de pie con un ramo de rosas rojas entre las manos, contemplando a Carlitos.

Naturalmente tenía que ocurrir. En el momento en que hablaba con Milagros pasó alguien que yo conocí veinte o treinta años atrás, cuando Carlitos me lo presentó en el colegio de abogado, y él muy orondo, muy orgulloso, me restregó en el rostro que era el discípulo más connotado de Carlitos García y Carlitos García completó que aquel cantaba mucho mejor que él… Pero Luis Frías me atajó: —Poeta, ¿un traguito o una cerveza? y me empujó hacia la barra, añadiendo: —No interrumpas el brindis del joven tenor…

En la mañana siguiente retorné a la misma hora al mismo sitio por la Figueredo en busca de Luis Guillén. Me dio la impresión que me estaba esperando. Me ordenó entrar al recibo y sin tomar asiento comencé a bombardearlo…

—Yo soy amigo de Carlitos García… ¿Sabes?

Y Luis se soltó a hablar. Narró que el accidente ocurrió el 7 de julio de 1974, a las 3 en punto de la madrugada, en el Puente La Guabina.

Sobre el carril del quiebre de su mano el carro recorrió de nuevo la trayectoria sin control que culminó en el saltó por la baranda del puente (eficazmente graficado el vuelo en el viento, en la nada). Vitico venía dormido desde que salieron de Acarigua. Ocupaba el asiento de atrás y se salió —recalca—. Cigarrón —a mi hermano le decían Cigarrón por el timbre de la voz y, ejemplificando con la suya me dio a entender que eran igualita—, (lo volvió a repetir) … Cigarrón, mi hermano —pero dicho desde la esquina de una tragedia que permanece intacta en él—, compartió junto al copiloto, la misma suerte de Vitico Pulido; —pero mi hermano llegó vivo al hospital y allí murió…

La iniciativa de la serenata (el viaje a Acarigua) surgió en el bar Los Ranchos. Allí estaban Carlitos, Cimarrón, Pucho, Orlando, Vitico y otros… Con la desaparición del bar Los Ranchos desapareció también toda la base de datos para una sociología específica de las clases más acomodadas de San Carlos.

Luis arrancándole líneas al olvido referencia desde la duda otro nombre que se negó a participar en la serenata y tildó de una locura el viaje hasta Acarigua. Y aunque se negó incorporarse a la comitiva, Luis cree que facilitó el cuatro o la guitarra a los muchachos (Pero esta no era la primera vez. Ese camino lo tenía hondo Carlitos).

—¿Para quién era la serenata? ¿Para Pastorita o para Sol?

Y Luis me dijo que era para Sol Mussett…

Y apagando la voz casi hasta los límites del silencio me dijo que Chito Guillén —así también le decían a Cigarrón— se quedó dormido…

—Tenía que amanecer en Caracas —puesto que tenía juego ese día. Mi hermano era pícher de softbol y firma autorizada de un banco de Caracas. Tenía dos años de graduado.

Era mi obligación repreguntarle: —Javier Merchán asegura que la serenata era para Pastorita Mussett porque Sol era de Alí… (Esto último es inexacto para el momento).

Luis pretendió vaciar mi duda (pero más bien ahondó el desacuerdo por derrame de claridad):

—Yo una vez tropecé con Sol y me presenté con estas palabras: “Soy el hermano de Florencio…” y Sol no me dejó terminar: —Esos muchachos con ese gesto tan bonito que terminó así…

Con razón o sin ella, y sin restarle peso a otra dimensión de razonamiento, celebra Luis en la adjudicación de Florentino a uno de los hijos de Sol, el homenaje a su hermano… ¿Y quién soy yo para decirle que esto no es así?

—He aquí porque Carlitos asumió toda la culpa del accidente. La iniciativa de la serenata le pertenece.

“Y se sabe por demás que Sol fácilmente podía causar una segunda guerra de Troya, pero la cosa era con Pastorita Mussett. En ese momento del accidente Sol apenas tenía 16 años. Pastorita tenía rato levantando polvareda, dando de qué hablar: Brilló como la estrella más alta en el primer festival de La Voz Liceísta (1970). Sorprendió en la “Voz de Oro” del 72, ocupando un tercer puesto apenas superada por María Teresa Chacín y Neyda Perdomo, con la canción “El fulgor de una estrella”. Y el año siguiente —en enero—, el jurado la declaró Voz de Oro Juvenil de Venezuela con el tema “Ahora puede ser”, de su hermano Rafael Mussett, declarado bateador emergente ante el embarque de Chelique Sarabia.”

Fue con el asomo de mi despidida que Luis se repuso en conciencia y se atrevió a preguntarme: “Y ¿Cómo para que todo esto?”.

Y yo le repetí: Yo soy muy amigo de Carlos… Carlitos. Yo lloré esas muertes con Carlitos por más de veinte años…

Y Luis no dudó de mi palabra. Y entonces me contó la primera vez que vio a Carlos después del accidente: “Yo soy hermano de Cigarrón…”

Y como yo sabía el inequívoco final de la anécdota, le dije: —Lo hiciste llorar…

Y Luis me dijo lloró…

Y entonces pregunté por Orlando Pinto. Y Luis me dijo que era guitarrista y que vivía por los lados de la iglesia San Juan y que con él me podía encontrar por las cercanías de la escuela Eloy Guillermo González. Qué por ahí me podían dar razones de él…

—Yo estaba muy pequeño… yo hacía de Cácher cuando mi hermano quería lanzar…

El deporte es el orgullo grande de la historia de los Guillén y tal vez Luis cree que yo no lo sé porque un poeta por antonomasia no se ocupa del deporte. Pero el escritor auténtico es el depositario de una conciencia colectiva que desea volverse un art poético o un engranaje narrativo oculto por la alquimia del lenguaje. El escritor no elige. No busca. Todo llega a su mesa. Cruza su camino. Y lo demás depende del dictado de la página en blanco.

Luis ignora que yo estoy en capacidad de repetir todo lo que él decía cuando le tocó despedir a otro de sus hermanos… ¡Deportista, profesor respetado y árbitro internacional reconocido!

Un escritor no busca. A un escritor lo elije la historia que tiene necesidad de ser contada porque previamente cuenta con un colectivo que desea oírla y reconocerse en ella.

Un escritor depende absolutamente del azar. Es el azar el que fija su tarea.

Pero bueno, ahorita tengo otra urgencia. La de justificar mi ausencia en el sepelio de Carlitos. Explicar mi dolor. Carlitos sabe cómo es este juego de la careta y nuestra fragilidad. Carlitos sabe que mi deber está en otra parte: en la esquina de la Madariaga con la Av. Beethoven, donde aún oigo a Johann Sebastian Bach hacer de las suyas —de acomodar el prodigio a las cuatro cuerdas del cuatro—… En fin, mi deber está en la antigua costumbre de contar a los hombres la muerte de uno de ellos.

—¡No, yo no puedo!, Karla. Yo hablé por teléfono con Vicentico Rodríguez un mes antes de la muerte de Carlitos… Y Vicentico me confesó: Yo no tengo valor para verlo así…

—¿Entonces es verdad?

—Tiene un cáncer en la lengua…

Y a Vicentico se le quebró esa voz recia de coplero del llano…

—Pero Vicente ¿cómo la vida perjudica a un hombre así? ¿Cómo un tenor puede morir dos veces?

Y así se asomó el contexto en el cual yo conocí a Carlitos García, el único tenor de dos muertes. Porqué a partir de aquel día del accidente Carlitos vivió para contar ese accidente y llorar a sus amigos muertos malamente y le tocó como al otro decirle a todos sus amores,
Atiéndeme,
quiero decirte algo,
que tu quizás, no esperes,
doloroso, tal vez.
Escúchame,
aunque me duela el alma,
yo necesito hablarte,
y así lo haré.
Nosotros, que fuimos tan sinceros,
que desde que nos vimos,
amándonos estamos.
Nosotros, que del amor hicimos
un sol maravilloso,
romance tan divino.
Nosotros, que nos queremos tanto
debemos separarnos,
no me preguntes más.
No es falta de cariño
te quiero con el alma,
te juro que te adoro,
y en nombre de tu amor
y por tu bien te digo adiós.
(Otra cosa es escuchar estas líneas desde la emoción y sensibilidad de Conchita Medina. Como se sabe no fueron concebidas para ser leídas, sino cantadas). Se la oí cantar a Villalonga —no sé si en el recital de boleros que ofrendó en la UNELLEZ— y me dejó envuelto en una confusión terrible que mi comentario de abordaje no supo recoger en su magnitud celebradora, al contraponer el músico con el intérprete de bolero…

—Tú no sabes nada de música… y me dio la espalda. Y pasó más de un mes sin hablarme.

(Villalonga, cuando acompañaba a Carlitos, agarraba la guitarra con sus brazos bien estirados desde lo alto y el oído pegado en la última línea de la caja sensual de la guitarra. Por esos instantes descubrimos que el silencio es lo más parecido al cielo. A esa atmósfera de lo griego y lo parisino. Qua nada supera al silencio en belleza. Y que la palabra es un mito y a duras penas lo supera en muy pocas ocasiones y para ello debe volverse armonía.

Villa: todavía lloramos tu muerte como si fuera ayer. Tu hija Lisset al despedir a Carlitos por la RRSS ha recordado que: “a unos días de perder a mi padre me encontré con Carlitos y no pudo contener sus lágrimas al decirme: —ahorita estábamos hablando de tu Papá en la cultura… No pudo hablar más y se fue y yo no tuve valor de seguirlo”.

En nuestro círculo de cómplices, la tuya era La guitarra encantada… La sinfonía de Bach, la de Rafael. Los arpegios de Atahualpa, la de Key. Y la de Echenagucia, La reina del despecho.)

—Carlitos tocaba bien el cuatro y el piano. Y la guitarra la tocaba como un cuatro —me recuerda Miguel Herrero, pero aquella carecía de opción diferente a la resignación de la obediencia ante un virtuoso al que no podía sino acompañar y seguir en su travesía.

(En la casa de Conchita lo vi terciarse un tambor y formar parte del conjunto improvisado del poeta Daniel Suárez repartidor de aguinaldos; y aunque me dio la impresión de que Carlitos golpeaba temeroso al cuero estirado como procurando de no causarle heridas, el tambor alegre parecía entender el norte de las caídas de las notas navideñas).

II

Corrían los maravillosos años ochenta. Yo llegué a San Carlos el 83. Nosotros mudamos el Comité Regional del PCV —inaugurado en un local muy próximo de la iglesia San Juan—, a la casita más hermosa de la Figueredo, justo detrás de la Iglesia Santo Domingo. Y logré alquilar una habitación en el edificio de tres plantas que hace esquina en el cruce de La Figueredo con la Madariaga.

Al golpe de diez casi era una fija encontrase con Carlitos por alguna de estas calles con su cara de trasnocho, zapato y ropa de buen gusto de la que es adicta la clase media venezolana.

Carlitos saludaba con una familiaridad espontanea que espantaba de escena todo vestigio de separación, de especies de “guetos”, de prejuicios sociales, y de la otra enfermedad de los triunfadores, de la que es también tan devota nuestra clase media.

Y fue más hacia el corazón del Chuchango, en una casa de familia donde vendían deliciosamente cervezas, a buen precio, y cubiertas de hielo sin estar congeladas, donde entré en un intercambio de palabras con Carlitos más allá del estricto saludo.

Carlitos llegó y se acercó a nuestra mesa. Todos veían a Carlitos con los ojos de una admiración muy parecida al respeto. Como advirtiendo de entrada, —no he venido a cantar, tengo problemas con la voz, Carlitos se justificaba una y otra vez. Allí supe que era cantante y enseguida habló de la pequeña Sarina, su hija adorada que vivía por aquí mismo. Y luego después de muchas cervezas sacó a relucir lo del accidente, y desde entones tuve la impresión que ya Carlitos había muerto… que de ese accidente no podía librarse. Que este accidente era una especie de perro fiel diabólico que andaba con él por todas partes.

Una buena mañana caminé algo así como cuadra y media (o tal vez mucho más) acompañado de la señora Zenobia en mi ruta hacia la parada de los buses de la UNELLEZ. La señora Zenobia andaba muy molesta por algunas habladurías de esa gente que no comprende la vida de los artistas y me habló de Beethoven, de Mozart, de Vivaldi, de Alfredo Sadel y de su hazaña lograda en la Scala de Milán y los aplausos que arrancó al teatro Bolshói… pero que aquí en este país lo tratan de sinvergüenza y bebedor de aguardiente…

A su antología icónica de los prodigios de la música de todos los tiempos (desarrollada en menos de un minuto), yo repliqué con cuatro de nuestros cantantes criollos: —Adilia Castillo, Mario Suárez, Héctor Cabrera y Magdalena Sánchez.

—A mí en La Habana los taxistas me preguntan por Amado Lovera y Mario Suárez cuando se entera que yo soy venezolano, y aquí nadie reconoce su extraordinaria entrega de difusión de nuestra música en México y en el Caribe...

A Magdalena le encasquetaron el sambenito de haber sido la cantante oficial de Pérez Jiménez.

—Hay razones para creer que en este país solamente triunfa —es necesario— quien enciende velas en el altar de La Rochela y Sábado Sensacional.

Y hablamos de Cayito Aponte el desconocido cantante de ópera…

Y salió a relucir el caso de Aldemaro Romero y sus trabajos de manutención en los centros nocturnos de Caracas.

Y mucho le satisfizo escuchar a doña Zenobia que mientras en Apure las canciones de Teo Galíndez la correaban de pie mis paisanos; en San Carlos nadie iba a sus conciertos, pero en Elorza las calles la bautizaban con los nombres de nuestros héroes del joropo y el pasaje llanero.

—Que Amado no lo querían en El Baúl (lo calumniaban con el sambenito de maracucho), y el otro gran arpista, grande por los cuatro lados, Cándido Herrara, era un auténtico desconocido.

Me impresionó de esta conversa una descarga de doña Zenobia a favor de Carlitos: —Almenar Otero quería llevárselo para Alemania y él no quiso… y no se fue por amor a San Carlos.

En la Bolívar Zenobia —más calmada— cruzó hacia el occidente y yo hacia el oriente. Desde ese día comencé a ver a Carlos —a Carlitos García con otros ojos.

Pero es necesario escribir que aún sigo escuchando la carcajada de doña Zenobia con la que clausuró nuestra conversación después de escuchar mi frase lapidaria: —En este país como en cualquier parte del mundo el hombre de talento está obligado a morirse de hambre… porque de lo contrario es sospechoso de pagar peajes a las alcabalas de la negación de la cultura (del bodrio cultural público y privado).

Otro día entré con mi Edhita Lima al restauran del recién inaugurado Hotel Don Pepe y me encontré con Carlitos metido de cabeza en un órgano en el que me costó mucho trabajo distinguir cuál de las notas (las vocales o la del órgano) eran las más afinadas, las más gratas al oído…

Hice que no me interesaba para nada el desfile de valses y tangos (no cantados como tangos sino como las canciones interpretadas por Sadel), y dirigí aparentemente toda la caballería de mis sentidos a mirar los techos rojos de San Carlos y a repetirle a Edhita que estábamos frente a las páginas del célebre libro de Enrique Bernardo Núñez dedicados a las esquinas caraqueñas…

En el descanso Carlos se acercó a saludar y a disculparse porque la voz —según él— no estaba a nivel…

No pude evitar que la copla saliera en mi auxilio:
Yo no canto porque sé —verdad mi amor
ni porque mi voz es buena
canto para que no caiga —mi caujarito
sus culpas sobre mis penas.
Ignoraba dos cosas. Que el vals de esta última tanda (En Aquel lugar), era de su autoría. Y además, integraba junto a Nayade, el 45 grabado en 1980, acompañado del Grupo Morichal, del legendario Inés Carrillo, héroe de nuestra cultura.

Pero además le comenté que en el capítulo I de la Odisea, el juicioso Telémano, hijo de Penélope, al recriminar la demanda de su progenitora a Femio (—Deja ese canto triste que siempre me desgarra el corazón dentro del pecho, ya que me ha tocado una desgracia inolvidable…), señala certeramente que Los aedas no son los causantes de nuestras desgracias, sino Júpiter, que otorga sus dones a los industriosos mortales, como le agrada. Y en consecuencia, No hay que indignarse porque Femio cante el cruel destino de los griegos, haciéndole ver que Ulises no es el único que ha perdido el día del regreso: otros muchos han perecido… Por lo que entonces, la única exigencia que el canto encierra, es la de cantar la desgracia del hombre; y era obligación del resto de los mortales oírla mientras beban vino en silencio… Y esto a pesar del reconocimiento de Telémano: porque es muy agradable oír a un cantor como Femio, semejante en su voz a los dioses…

Carlos se puso rojo y desde entonces perdí la cuenta de los tragos y el cuento contao del accidente que jamás lo dejó de morder como un perro diabólico...

La bohemia en Carlos no fue una falsa postura. En él fue una auténtica manera de vivir. Una especie de gueto que le permitió permanecer alejado de la terrible programación cultural y optar por el disfrute de un reducido círculo de amistades. De cantar cuando estrictamente tuviera ganas de cantar.

Vinieron entonces los magníficos encuentros de los años noventa en la casa de Conchita. En la casa de Conchita nadie era capaz de meterse conmigo. Jamás mi copa permaneció vacía. Y siempre se me recibió con la mejor taza del café del mundo…

Un cumpleaños de Arminda (estaba prohibida a amigos y familiares cualquier alusión a la fecha por demanda de la cumpleañera), Sarita bajó de Caracas y le tocó abrirnos la puerta: —Madre llegaron tus amigos.

Sarita andaba esplendida. Yo le hablé de algunos de sus poemas y comenté el dedicado a Arminda, y solté algunas de sus líneas poéticas… Y Sarita buscó el libro y leyó el poema como una oración…

Así estábamos cuando Carlitos irrumpió en la puerta y Sarita voló y lo tomó por la mano… Entraron a la casa y regresaron al porche con un cuatro y un vaso de whisky…

—Sarita puede estar con quien sea, Miriam, pero que no llegue Carlitos…, desgranó Conchita…

Carlitos aclaró que su garganta no andaba de lo mejor y comenzó a cantar… y Sarita lo aplaudía con la devoción infinita de mujer felizmente cautivada.

Desde esa noche no oigo a cantar a Sarita desde un sillón crecida en la exigencia de cantar bien o no cantar como lo reza la copla (recogida por Ovalles), que es como decir entonces, es una ley en el llano:
Cantar bien ó cantar mal
Puede ser indiferente;
Pero estando entre la gente
Cantar bien, ó no cantar.
La exigencia la curte y tiempla el saldo histórico de este pedazo de tierra venezolana tan tacaño en la herejía:
Yo no sé si estoy errao
O la música me farta,
Porque estoy hecho á cantar
A són de bandola y arpa.
En la historia musical de Cojedes la cifra es muy lacónica en cuanto al canto lírico. Yo tengo conciencia de tres tenores, y Miguel Herrero me auxilia bien: —Carlitos García (Tenor Lírico Spinto); Miguelito Sánchez (Tenor Lírico Dramático) y Miguel Herrero (Tenor Lírico-Ligero). Y del libro ya clásico de Héctor Pedreañez Trejo, Vida cultural de Cojedes (Letras. Instrucción. Periodismo) (1976), solo recuerdo el registro del Dr. José Andrés Cuevas Baez, del que Pedreañez dice que “(…) Era aficionado al canto lírico, habiendo intervenido como barítono, en algunas veladas de esas a las que siempre estuvo acostumbrada la culta sociedad de San Carlos.”

Ese convencimiento (ese muro) que la copla del llano de Ovalles, expresa: Porque estoy hecho á cantar / A són de bandola y arpa, lo reafirma el “cantar sabanero” de Julio César Sánchez Olivo, que en la casa de Conchita ha sonando en el grito altanero de Ángel Custodio Loyola, desde que Isaías lo escuchó por primeva vez:
Cantar joropos llaneros
no es para cantores finos:
se necesitan los bríos
y el alma de un Florentino.
Ellos cantarán muy bien
tangos, boleros, pasillos
pero no un “Seis por Derecho”
reventón y relancino,
vibrante y quita flojera
como relinchos en camino.

Esa es entonces el primer escollo a sortear…

La de Sarita y Carlitos —en primer lugar— es la solidaridad entre dos escapados de la tradición. Pero en verdad la suya también es una tradición, porque en San Carlos de Austria siempre ha reinado la “tradición de la diversidad”: mientras el sur de Cojedes por la generosidad de ríos y caballo estaba más integrado a Apure y Ciudad Bolívar; el norte de Cojedes se movía más hacia Yaracuy. Y tanto en La Sierra como en Manrique se estaba mejor hecho para el violín que para el arpa. Y por mucho tiempo, el comercio vigoroso entre San Carlos y estos dos pueblos de montañas, redundaba en un intercambio cultural. En los arreos de burros y mulas, junto a la manteca y otros productos codiciados, viajaban también las notas de algún vals traspapelado de las brisas yaracuyanas…

Cada casa impone a la larga la marca proveniente del respectivo cruce cultural de herencias de padre y madre. La escuela y la antiescuela, o la tensión entre lo social y lo particular. En la de Carlitos, un padre médico; y una madre capaz de armar una selección de clásicos en un cruce de palabras. En la de Sarita, un padre que religiosamente pasaba las mañanas de los domingos escuchando a Reyna Lucero. El hermano poeta a Loyola, o en su defecto, a Nelson Morales. Y la madre, conocedora de las venas abiertas del bolero, no hay disco de Alfredo Sadel que falte en su colección. Y no hay coplero del llano del que ella no tenga referencias, noticias, aunque maneje su propia antología de la música llanera.

Llegaron Tellería y key. Y Conchita nos conmovió a todos: “Lo que no fue no será”. Y Tellería pasó a ser dueño absoluto de la escena.

Carlitos se retiró no sin antes decirme, con los ojos aguados, que él estaba imposibilitado de hacer feliz a Sara… y se marchó cabizbajo…

Sarita se recluyó en su sillón dentro de una actitud de dicha como agradecida de aquel instante... ¡Hubo luna! Y rosas en el jardín… estrellas en el piso.

—El amor cuando es puro es ese acto indescifrable para los terceros. Igualito como en la contesta de contrapunteo de Simón Díaz a Germán Capriles:
(…)
Yo no veo la diferencia
si lo autoriza el querer.

(…)
y en ese aspecto le digo
la que sabe es la mujer.

No se trata de quererme
se trata de nos queremos
un tercero no hace nada
si uno y dos nos entendemos.
Esa fue la noche en que Sarita cantó exclusivamente para Carlitos y Carlitos para Sarita.

Ya en la presidencia del ICEC me tocó lidiar el parte angustiado de Miguel Herrero, coordinador de artes auditivas: —Poeta, Carlitos no aparece por ninguna parte, aludiendo la inasistencia a los talleres de canto para los cuales se contrató…

Al reclamarle posteriormente dicho embarque, muy avanzada la noche en un centro nocturno donde por coincidencias tropezamos, me contestó sabiamente: —Poeta esa es la gótica de petróleo que como venezolano a mí me corresponde… y nos olvidamos de eso por los muchos años de trabajo de Carlitos entregado al canto sin recibir ni medio del Estado…

Esa noche celebramos el amanecer y descubrimos sus dolores…

Y me habló de una letra maravillosa que él deseaba grabar de William Gómez…

Yo le pedí que me cantara un trocito de la canción…

—No, todavía William no me ha dado la letra.

Pero me dejó muy contento con la disposición y actitud de entrega en la pronunciación del título de la canción: —Cerro San Juan. ¿Qué Femio podía pronunciarla con una voz de dioses más certera en la desdicha? Y después tuve noticias de los arreglos al vals de Avelino Barreto: Mi pueblo más querido… ¡Y la cantó sólo para sus amigos y con él desapareció los quiebres, las subidas y las bajadas!

Y Carlitos volvió a ser noche al amanecer. Y en la noche, medio día. Pero sin dejar de ser ese día tan triste en que parecía llover en San Carlos el año 74.

Otra ve vez oigo a Rafael Mussett: En la catedral no cabía un alma. Y en los alrededores de la plaza tampoco. Aquello era todo un pueblo volcado a las calles llorando a tres jóvenes desdichados… Imagínate una procesión de la Divina Pastora o del Nazareno de Achaguas pero en lugar del rezo, llanto.

Y la tristeza creció ante mí como la sombra. Pero nada tiene que hacer, ni puede borrar nada:
Sé que todo olvidaste que no me esperas ya
pero aquel breve amor… el mar recogerá
para traerlo de nuevos en sus olas cuando estés allí
para contar lo triste que estuve cuando te perdí
para llevarte de nuevo en silencio mis besos de ayer
y mi recuerdo en ti estará
pues ni tu olvido ni mi tristeza podrán ya borrar
el sueño de amor… que un día nos unió
en aquel lugar…

Ahora puedo dar con la llave del miedo que estuvo siempre detrás de la negativa de cantar, Carlitos, cada vez que le pedían hacerlo:

A mí mismo me da miedo
Cuando levanto el tañío,
Porque me hallo facultoso
Y dueño de mi albedrío.

 Y este trance, como se sabe, es el sitial de los dioses.


San Carlos de Austria, marzo 26, 2021.


Post Scriptum: En Italia Miguel Sánchez lo despidió con una bella canción napolitana, Dicitencello vuie (me acaba de decir Rafael Ortega)… Y yo celebro…
dile tu que no la olvido nunca
Es una pasión tan fuerte como una cadena
que me atormente el alma y no me deja vivir!
(…)
una lágrima reluciente se le ha caído a Ud.
Dígame: ¿En qué está pensando?
Con esos ojos tan dulce solo Ud. me mira
quitémonos esta máscara digamos la verdad
te quiero… te quiero mucho…
eres tú esta cadena que no se rompe nunca
sueño suave, suspiro mío carnal
que busco como el aire ¡Te quiero para vivir!


GALERÍA FOTOGRÁFICA 

Primogénito de los García-Páez 

Ángela Zenobia Páez de García, madre de Carlitos García.

Ñaguao, Carlitos, Dr. Carlos J. García (padre) y la niña Karla García.

Antonio Villalonga y Carlitos Garcia (Club Canarias, 2016, septiembre 17). 

45 grabado por Carlitos García (Grupo Morichal del gran Inés Carrillo).

Mi pueblo más querido (vals). Manuscrito recopilado por Carlitos García.

Mi pueblo más querido (vals). Manuscrito recopilado por Carlitos García.


Ángela Zenobia Páez de García, Dr. Carlos J. García y Carlitos García.

En casa de Conchita como integrante accidental de la parranda navideña
del poeta Daniel Suárez Hermoso.

Papán Torres, Porfirio Arias Moreno, Dr. Carlos J. García y Carlitos García.

En este bar la vida fue más sabrosa... (De la papelería de W. Gómez).

Cerro San Juan (cuya autoría pertenece a W. Gómez.
Manuscrito rescatado por Nancy Gómez).

Oscar Santana, Antonio Villalonga, Carlos Almenar Otero,
Carlitos García y Rafael Mussett
.

Sarita Medina y el maestro Key.

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