La poesia y los días

POESIA ENSAYO HISTORIA BIBLIOGRAFÍA COMENTARIOS

La escritura hija de los días. La que inventa al día, le da sentido y sustento y la que los días crean a su imagen y semejanza. Toda imagen que conmueva, que desordene los sentidos y sea capaz de convocar al desasosiego, al diálogo interior que es justificación de todo autor. La palabra que sobrevive, y en consecuencia, se distingue de la otra endeble, que cae al piso como hojas desmayadas. Posiblemente tendrá cabida otra tentativa: La que no provine de la experiencia personal; sino de la que se hace colectiva, nos elige de morada pero que nosotros no vivimos y llega como un eco de otro tiempo.

Ese será el acento de esta escritura, de allí su virtud y tragedia. No defenderemos ni una ni otra.

Frente a lo cotidiano y su contrario, habita el asombro; en este caso, la palabra que está por escribirse. No fumamos de lo concluido...

APUNTES IDEAS EJERCICIOS Y CRÓNICA DEL MÁS LARGO VIAJE DE LA UTOPÍA

Pueblos de Cojedes / Historia mínima de El Baúl

Antigua casa comercial de El Baúl
Imprenta donde se editó El Tribuno donada por Guzmán Blanco
Iglesia de El Baúl

Puerta de tranca. Zanja de Lira 2002
Boca del Cojedes
Plaza Bolívar 2002
Río Portuguesa
Carretera de El Baúl 1950
Jornada de pesca en tiempo de ribazón en el río Portuguesa
Jornada de pesca en el río Portuguesa por los laos de Zanja de Lira
Bagres, de las especies más codiciadas del llanero
Vista parcial del Caño del Igüez
Panorama de Mata de Agua 1996
Calle principal de la parroquia Sucre


La parroqui Sucre tambien tiene su iglesia 1996
Dr. Barreto Mendez, Presidente del Estado Cojedes, de visita oficial en El Baúl 1930
Visita Oficial del Dr. Barreto Méndez a El Baúl
Paso del río Cojedes entre San Miguel y El Baúl
Parte posterior de la Casa de alto o Casa de los Iturriza 1930
Corrida de toros en El Baúl 1930
Iglesia San Miguel Arcangel en El Baúl , puerta adentro 1996
Cerro Morrocoy. Ruina de la primera iglesia de El Baúl 2002
Puente sobre el río Cojedes, frente al El Baúl 1996
Complejo turístico de El Baúl 1998 (Desaparecido)
Una de las calles largas de El Baúl 1996
Plaza Sucre de la Parroqui del mismo nombre

Fotos: Argenis Agüero

¡PRESTAME LA LINTERNA,
RAMÓN VILLEGAS IZQUIEL!
El Baúl: el lamento de la tierra hecha carne,
la herida, la tentación de la orilla, los libros, mis amigos y una larga esperanza de 264 años

Un bollo de pan que se le quemó al olvido y allí está escondido en las pampas cojedeñas… (Las malas mañas se pegan: No son pampas, Mauricio Pérez Lazo; no es ésta la pampa argentina, Reynaldo Armas; ésta es la tierra de pastos reseñada por los Cronistas de Indias y que el conquistador aludió con el calificativo de llano, los llanos, la llanura).

El tabaco, los ríos (el de uno y el de los otros) y la calle Los Placeres…

Un par de cubana y un par de alpargatas nuevas…

Atarraya, anzuelos y canalete.

Un cielo azul —ralito—, en paso apresurado hacia adentro del monte, en los calderos del ocaso.

La raya del horizonte, la palma, un peloeguama negrito…

Una silla chocontana… Un caballo castaño…

El contrapunteo de un baile, al son de una periquera, cobijado por un  sol color de araguato.

La fama de sus mujeres bonitas murmuradas en todas las partes del llano por las carcajadas de tiples, tenoretes y bordones; por la gracia de las ochos silabas de la copla; por el temple de ese linaje de hombres que le dieron la espalda al progreso y le cerraron las puertas al nuevo coloniaje que se apoderó bien temprano de Venezuela, cuya identidad está allí en el imperio de la sirenita, superman, los simpsons y la comida chatarra impuesta en la dieta básica del venezolano, que no es otra cosa que las mismas adiciones y gustos moldeados desde y por la televisión, la publicidad desbocada y la invasión de los centros comerciales.

Esa estirpe de hombres prefirió y se quedó con el “llano atrasao”, según lo dijo un sobrino del baúleño José Manuel Sánchez Ostos, traído a Apure cuando apenas cuenta 40 días de nacido que llegó a ser Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia y promotor en San Fernando de la conmemoración del Centenario de la muerte de Bolívar: Julio César Sánchez Olivo de extraordinaria jornada de ciudadanía cumplida que después de haber ejercido los más altos cargos públicos, murió en el “Hogar de ancianos de Biruaca”, con una pensión de cronista y víctima de un desasosiego que recogió en el opúsculo Vistazo a Acción Democrática a través del recuerdo y de la angustia (1986):

De manera, pues, que Acción Democrática constituyó el verdadero fruto de las puras y sentidas aspiraciones populares, de allí el calificativo que se le dio de “Partido del Pueblo”, luchador sincero “Por una Venezuela Libre y de los Venezolanos”.
Un partido creado para fines tan nobles, con propósitos tan sublimes, por compatriotas que se entregaron a él con el corazón y la mente puestos en Venezuela y su pueblo, no puede convertirse en encubridor de sucios manejos y un nido de ladrones, pues dejaría  de ser Acción Democrática. Y el adeco cuando roba deja de ser adeco, así continúe, porque no se le haya echado a patadas, dentro de las filas del partido. (Sánchez Olivo, 1986: 11-12). 

Nuestros cantores son héroes y pertenecen al linaje de los Libertadores y así vengo proclamarlo en este momento de profunda revisión del pasado y el presente que vive el país. Nuestros copleros son cifras y fichas de las resistencias de este pueblo, de esta nación llamada Venezuela en franca lucha contra el olvido, la manifestación más dolorosa de la muerte.

Primero supe de la existencia de este pueblo allá en la orilla del Matiyure, por la mención de algunos de mis paisanos en recuento de alguna de travesía, o lo más probable, Villegas Izquiel, por algunas de esas canciones de Jesús Moreno o Francisco Montoya.

Después vinieron hasta mí las palabras de los libros, el trato con nativos que cruzaron muy a su pesar las fronteras de este pueblo; copleros unos, arpistas y escritores, otros… hasta que por fin, un buen día, creo que por razones estrictamente políticos-partiditas, en compañía de José Ríos y el musio Juan Pérez Rodríguez, pisé la calle Los Placeres… contemplé por vez primera el río; ese río que llevamos por dentro y aparece —porque así lo escribió el arismendeño Adhely Rivero—, cuando lo deseamos.

Así, en lugar de sentirlo extraño, resultó familiar: me remitió al Guanare por los laos del Guanarito; y detrás de éste como en fila, el Portuguesa o el mismísimo Apureseco; o el Meta o el Cinaruco en algunos de sus tramos… en fin, es el río nuestro, de cada día, que no se cansa de cabecear nuestras vidas…

Ya me habías honrado con tu amistad; Villegas Izquiel; ya yo me había leído todo lo que habías escrito tú, Virgilio Tosta, Pedreáñez Trejo y José Antonio Borjas acerca de El Baúl; y ya conocía de vista y trato a Hilda Vilera de Cancines y sus hijos, engendrados por Silvio Cancines…

Hilda tenía la mirada nublada de una luna de agua, querido Villegas, poblada permanentemente por la tragedia aquella del hijo mayor, como si esa tragedia sucediera a cada instante de manera infinita. ¿Quién puede sobrevivir a la muerte de un hijo? ¿Quién?

Ya sabía yo de Candido Herrera, Amado Lovera, Inés Carrillo y Lionso Vera, en su doble vertiente, de arpista e intérprete del pasaje: Reynaldo Armas, a manera de elogio que agradecemos, pide en su canción dedicada a El Baúl que lo escuchen cantar “Mujer piriteña” y “Tardecitas del Baúl”…

Ya conocía algunas de las letras de Ángel Zapata y las faenas de José Mileno… Ya conocía la proeza de Antonio Sosa Mejía —devoto del Ruiseñor de Atamaica—, que podemos concentrar en la manera como él solo nos interpreta “Omaira”, de lo que me convencieron los arpistas Lovera y Freddy Cancines.

Referencias de los que mentaban Juan Moreno, Prisco Sulbarán y El Indio Zapata: el primero animador de parrandas, padrote del contrapunteo, y los otros dos, afamados arpistas de la llanura sin par… como del también tocador y hacedor de arpa, don Juan Carrillo… (Carmelo Zapata, fue de los músicos del maestro Romero Bello, en Caracas, con pasantía en el conjunto “Camaguán” de Valentín Caruci).

Ya conocía también la brega de Amilcar Alejo (n. 1963) con el colorido de estos parajes, estos paisajes, desde el lienzo y el óleo. “Amilcar Alejo es uno de los más destacados artistas plásticos del Estado; además, es uno de los pocos que siempre ha mantenido una seria preocupación por la actitud del artista ante el objeto de su actividad, ante la orientación de su arte”, escribió en una oportunidad Eduardo Mariño. Actualmente es el Director del Museo La Blanquera.

Así llegaron los noventa… Era yo, coordinador de literatura del ICEC… Por razones laborales, participé de la caravana que llegó a El Baúl, bajo la misma excusa que hoy nos congrega en este sitio. Organicé y tomé parte del recital en la iglesia. Aún mantengo fresco el gesto de Rafael Masabé, “El pajarito del cerro”, a quien nunca había visto, pero sí oído en ese contrapunteo famoso con Montoya: siendo prefecto, pagó una abultada cuenta —mía y de mis amigos— en un botiquín allí mismo frente al río… Después me dijo que “no comulgaban con mis versos”… Yo le contesté muerto de risa, que a mí tampoco me gustaban, pero que eran los que podía escribir…

Ya tenía yo noticias de J. Francisco Valbuena: Pedagogo, director de la Escuela de Varones de El Baúl y colaborador de El Tribuno (El Baúl, 1884). En este periódico publicó el poema titulado “El amor”, el artículo “En honra a Bolívar” y el relato “Historia reciente”, compilados por Héctor Pedreáñez Trejo en el volumen del 1990, de Ediciones Centauro, En el reino del caimán (Una parodia de la gesta de Bolívar). Utilizó los seudónimos “X. Y. Z” y “X. I. Z”.

Ya tenía yo noticias de un tal Rafael Silva, nacido aquí en este pueblo de El Baúl (1874-1946)… poeta, narrador, de la saga privilegiada con espacio en El Cojo Ilustrado, compañero de estudios de Eloy Guillermo González en el Tinaco de finales del siglo XIX, otro de los olvidados por los hombres y mujeres de la cultura, a quien dedicaremos unas cuantas líneas…

Alrededor de unas 54 veces hemos tropezado con el nombre de Rafael Silva en los folios de El Cojo Ilustrado, repartido en poemas, prosas poéticas (escritos para álbumes), narraciones cortas (¿Qué perseguía Rafael Silva con aquello de “cuento chiquitín”?), notas de viajes o lo denominado por su gusto literario, “mis observaciones de peregrino por estos mundos de la vetusta Europa”; crónicas de lugares o personajes (“Tipos del terruño”) y comentarios de libros. Mantuvo dos espacios genéricos en esta revista: “Lecturas universales” y “Frivolidades literarias”, verdadero derroche de ingenio, inteligencia y erudición, poco frecuente en los escritores cojedeños de todas las épocas.

El suyo era el tiempo en que la hora emergía del reloj de los positivistas y la nota literaria provenía de esos “fulanos decadentes” —como llamaba Felipe Tejera a los discípulos del “loco Rubén Darío”— que simplemente era la replica desesperada de la “tribu romántica” —reacia al cambio— de los Calcaño, los Racamonde y los Arismendi Brito, obligada, además —en su condición de sobrevivientes del siglo XIX— a convivir con la legión de los criollistas, cuya lista encabezaba entre otros, Sergio Medina, Udón Pérez y Francisco Lazo Martí. Mariano Picón Salas en su examen de la poesía de esta época, refiere otra: la de la “queja enluta”, aquella “a veces un poco popular como nuestros valsecitos”. Pero, ¿es acaso sostenible la apreciación de Felipe Tejera ante logros indiscutibles de la “forma modernista”, alcanzados en autores como José Tadeo Arreaza Calatrava, Carlos Borges, Alfredo Larriva, Rufino Blanco Bombona, entre otros? No sé, si estos exabruptos, empujaron a Rafael Silva, a la conclusión razonada de que por aquel “tiempo la Academia no estuvo en la esquina de la Bolsa, sino en la redacción” de El Cojo Ilustrado.

Y a esa Venezuela —la del adulo que aduce Pío Gil desde sus panfletos, pero al mismo tiempo, las de las costas bloqueadas y el suelo sagrado de la patria profanado, por la insolente planta del extranjero, tal como lo denunció ante el mundo, Cipriano Castro— lo integra definitivamente su sensibilidad literaria y su manera de comportarse. Uno de sus contemporáneos: Fernández García —su colega columnista en la ilustre revista mencionada— en la nota “Cuentistas Venezolanos”,  lo reporta como esclarecido representante de la narrativa de esos días: "De los que en Venezuela han trabajado el cuento, M. Díaz Rodríguez, R. Cabrera Malo, L. M. Urbaneja Achelpohl, Pedro Emilio Coll, César Zumeta, Rufino Blanco Fombona y Rafael Silva son sin dudas los mejores (El Cojo Ilustrado, 15 de diciembre de 1901; Nº 240.). En esos días —“días de gloria del saloncito de El Cojo”— él se consideraba como “un honesto boticario de pueblo”, quien mientras cumplía con su trabajo de farmacéutico, “placiáme leer literaturas”.

Sus cualidades de ensayista, se manifiestan en sus comentarios y agudas observaciones acerca de autores y textos de la literatura venezolana de comienzos del siglo XX, su desenfrenada pasión a favor de los creadores y de la creación artística, pero sobre todo, aquella serie intitulada, “¿Como escriben los escritores?” que bajo el encabezado general de “Frivolidades literarias” entregó a los lectores de El Cojo..., y a través de la cual, recogió los pareceres de Heraclio Martín de la Guardia, Manuel Díaz Rodríguez, Eloy Guillermo González, Pedro Emilio Coll, Rufino Blanco Fombona, Ángel César Rivas, Alejandro Fernández García, Andrés Mata y Alejandro Carías.

En la entrega que hizo de la entrevista del “elocuente tribuno” tinaquero, en aquella Caracas de Cipriano Castro y de su compadre Vicente Gómez, nos dejó un perfil del reconocido historiador, doblemente académico, autor de La ración del boa y Al margen de la epopeya:

—¿El doctor González?
La robusta fregona que nos ha recibido nos indica un arcaico butacón y nos dice con la más campechana jovialidad:
—Siéntese y espere un ratico; el dotor está ordeñando.
Efectivamente. Eloy González posee un establo; y posee también una pulpería, y un conuco. Y cuando el erudito pensador no escribe todas esas cosas sustanciosas y numerosas que salen de su pluma, escarba la tierra, acecha al dependiente de su bodega, ó recoge él mismo la leche de sus vacas, en totumas que por el uso se han puesto sonrosadas y diáfanas, como el terso interior de una guarura.
Arrolladas hasta el codo las mangas de la blusa el doctor González se me aparece como en otros tiempos de juventud fenecidos en el ayer, y cuyo recuerdo me es tan dulce como miel.

¿Se refiere Rafael Silva al momento cuando ambos eran estudiantes en el Colegio Bolívar de Tinaco?

Esa cualidad de “ensayista literario” la ratifica las colaboraciones suyas de El Cojo intituladas: “Episodios” (1900; Nº 202); “Juan E. Arcia” (1901; Nº 231); “Alejandro Romanace” (1901; Nº 232); “La bancarrota de los versos” (1906; Nº 337) y los tres dedicados a “Víctor Hugo el pequeño” (1907; Nºs. 362-379-380). Igualmente, su participación —esta vez con el nombre de Lino Sutil que era la manera como calzaba sus colaboraciones en El Universal (Agudo Fleites, 1969: 92)— en la cayapa contra la revista Válvula (1928), vocero de un grupo de escritores liderados por Uslar Pietri, de franca oposición “al realismo y el parroquialismo de la literatura criollista”, animados por lo que ellos entendían “nuestro credo”, es decir, la absoluta libertad personal del artista dentro de su emoción, con la sola consigna de sugerir lo más posible en el sentido de lo hondo, de lo alto y de lo amplio.

También en El Cojo Ilustrado publicó los poemas siguientes: “¡Piedad!” (1900; Nº 208); “El Puñal del Poeta” (1900; Nº 216); Poema s/t (1901; Nº 224); “Nocturnal” (1901; Nº 229); “Luz muerta” (1901; Nº 239) y “Mensaje” (1904; Nº 309).

El Diccionario general de la literatura venezolana (1987) nos presenta su ficha biográfica así: cuentista, escritor de cuadro de costumbres. Realizó infinidad de traducciones de artículos extranjeros para revistas caraqueñas. Colaborador de EL Cronista (Valencia), El Nuevo Diario (Caracas), La Revista (Caracas), El Restaurador (Valencia, 1902), pero fundamentalmente en El Cojo Ilustrado y en La Restauración Liberal. Su más larga labor periodística la realizó en El Universal de Caracas, de 1908 hasta 1946. Utilizó los seudónimos: Lino Sutil, Alonso Quijano, Raúl Sanojo, Ego, X y L. S. Publicó Del natural: acuarelas (1899); Cuentos de cristal (1901), Nieve y sol (1910) y los compendios Viajes del presidente: Aragua, Carabobo y Zamora (1904) y El 19 de abril en Caracas, 1810-1910.

Como puede leerse en las obras completas de Lisandro Alvarado fue de los integrantes de la caravana que acompañó a Cipriano Castro en su visita a Cojedes en 1904.

Querido, Villegas: este año se cumplen 14 de tu muerte; 28 de tu nombramiento de cronista de El Baúl y de tu celebrado discurso en versos, Panegírico de mi pueblo (1994). Ese día sorprendiste la audiencia, emulando a José Rafael Pocaterra cuando la conmemoración de los cuatrocientos años de Valencia. Este poemario, de cuatro ediciones: una, en un periódico de colección y tres en libros, junto al El pianito de Marialina i otros relatos del vivir i recordar (Prosa; 1988), son las mejores cartas que me juego al hablar de ti entre mis amigos y cuando suelen invitarme los estudiantes universitarios de nuestro estado a conversar sobre la literatura en Cojedes. Los poetas de Nuevo Tramo te recuerdan por ese soneto tuyo de Remanso (1981) sediento de vino. Para los niños dejaste Acuarelas infantiles —Poesías para imaginar— (1988).

De José Antonio Borjas (1927), Cronista de la ciudad de San Carlos y Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia, lo declararon el año pasado “Hijo Ilustre del Baúl”; me quedo con El río de mi obsesión (1989) y Personajes populares de mi pueblo (1984), este último un derroche de ingenio, creatividad y memoria. Se lee sin dificultad y palpita en este libro seres de los que casi nadie se ocupan.

El Profesor de Castellano, Literatura y Latín egresado del Instituto Pedagógico de Caracas, Maximiliano Guevara (1932), le conozco tres títulos de poesía: Mirada y rumbo (S/F); Donde los senderos se bifurcan (1995) y Mulieribus (1999). Suyas son las líneas siguientes:

Nunca sabrás que en lo insondable
de mi corazón
guardo unos crisantemos para ti.
Siempre lozanos, persisten,
nutriéndose de aquellos días
en los que tú
con una delgada varita de amor
encendías, sin descanso,
las lámparas de mi mundo
deshabitado y solo.

Cuenta Héctor Pedreáñez Trejo que el Baúl —junto a El Pao, Lagunitas y el pueblo de Cojedes— se mantuvo fiel a la corona española —según complemento de Argenis Agüero— hasta después de la Independencia, en posición contraria a San Carlos y Tinaco que se declararon partidaria de ésta. Sin embargo —el alerta corresponde Pedreáñez—, muchos hombres de aquellos pueblos “participaran heroicamente desde el principio de la lucha, como decididos patriotas, y otros, en el transcurso de los acontecimientos, llegaron a comprender el sentido de aquella revolución, y en diferentes años fueron abandonando las filas realistas para sumarse a la causa patriota” (Pedreáñez Trejo, 1982: 112).

Si nos atenemos a la argumentación interesada del Director de la Gaceta de Caracas, tenemos que para 1816 con respecto al registro de población de 1810, El Baúl presenta un déficit de 345 personas (de 2.343 se desciende a 1.998), enrolados en ambos bandos de la contienda y “desaparecidos” en el torbellino de la guerra, tal como lo expone el vehemente defensor de la causa realista José Domingo Díaz (Gaceta de Caracas, miércoles 21 de mayo de 1817).

De El Baúl son los realistas: coronel José Pereyra y comandante Miguel Antonio León. Un “alto porcentaje de la gente llevada por Boves pertenecían”… a los territorios del sur de Cojedes, “sobre todo de El Baúl, Lagunitas y El Pao” (Pedreáñez Trejo, 1982: 119).

José Tomás Boves residió eventualmente aquí, auxiliado por el misionero Fr. José de Cazalla, con quien vino por primera vez a San Carlos como comerciante (Pedreáñez Trejo, 1982: 119). El Baúl aprovisionó con ganados sacados de sus hatos y hombres nacidos aquí a la causa de ese terror que se llamó Boves y pasó como un relámpago con uña en el rabo por la historia de Venezuela: incorporó a los abajo a la contienda república-monarquía que después fueron patriotas con Páez y federales con Guzmán y Zamora, anduvieron con los andinos, siguieron a AD y a COPEI, una parte se alistó en el movimiento guerrillero de los sesenta y bajaron de los cerros el 27 de febrero, hiriendo de gravedad el orden de la llamada democracia representativa surgida con el Pacto de Punto Fijo.

De El Baúl es el comandante Juan José Díaz, de los lanceros, compadre y hombre de confianza del general Páez. Cuando éste se sublevó contra el gobierno en 1848, Díaz levantó 200 hombres de caballería y salió hacia Calabozo a unirse a las tropas de Páez; pero enterándose en Guadarrama del avance del Centauro a San Fernando, regresó a El Baúl después de meterle candela al primero de estos últimos tres pueblos.

Por aquí, por El Baúl pasó La segunda división del Ejército de Pablo Morillo, el pacificador, “después del encuentro del Herrero y del regreso de las tropas à la isla de Achaguas”:

La segunda división colocada en El Baúl cubre San Carlos y sirve de doble reserva à las divisiones vanguardia y quinta; mientras que la primera oportunamente situada en los Valles de Aragua está à la mira de cualquier acontecimiento.
En los astilleros establecidos a las orillas del Masparro, Apure, Cogede y otros se activa la construcción de buques que en breve formarán una respetable marina y dominarán el Apure y Orinoco.
Parece, pues, concluida la campaña de 819 en la que han tenido lugar los rebeldes de conocer la inutilidad de sus esfuerzos y la superioridad decidida de las tropas Reales. La infantería de aquellos queda mas que nunca cubierta de vergüenza;

escribe el ayudante general Manuel Carmona por ausencia del coronel 2º gefe, desde el Cuartel General de Calabozo, con fecha del 14 de mayo de 1819, bajo el encabezado de: ESTADO MAYOR GENERAL. Campaña de 1819. Boletín del egército pacificador núm. 6. (Gaceta de Caracas del miércoles 26 de mayo de 1819).

Por aquí pasó hacia aquellos montes lejos; Villegas Izquiel, el general José Laurencio Silva, en 1846 cuando el alzamiento de las empalizadas en contra del gobierno de Monagas. Silva vino a sofocar a los alzados.

Por aquí pasó El Agachao —tuvo casa de comercio— y levantó una tropa de 300 hombres en 1858, debajo de la bandera amarilla y el grito de “horror a la oligarquía”.

Joaquín Crespo tuvo potrero y ganao en las riberas del Portuguesa a finales del siglo XIX.

Por aquí pasó Luis Loreto Lima con las tropas mochistas en 1898. La última lanza del llano, el hombre de las cinco eles, natural de Tinaco, como ustedes saben, siempre que anduvo en campaña estuvo en contra, nunca a favor de ningún gobierno.

Guzmán Blanco, al regreso de la Campaña de Apure, pasó por aquí en 1870 con sus tropas infestadas de paludismo. Dejó amistades y le obsequió una imprenta tres o cuatro años después, comenzando así una historia intensa del periodismo en El Baúl que en 41 años reporta el fruto de 21 rotativos, en el tramo comprendido de 1884 a 1925:

7 fundados en el siglo XIX: El Tribuno (1884), El Regenerador (1885-1889), El Zamorano (1889), El Humilde (1889), El Giraldeño (1891), La Bandera (1894) y el 27 de abril (1897).

14 durante las tres primeras décadas del siglo XX: El Obrero Liberal (1901), El Crisol (1903), El Restaurador Girardeño (1904), El Aerolito (1904), La Razón (1904), El Restaurador (1906), Doctrinario (1907), La Concordia (1909), El Siglo (1915), Paladín (1916), El Girardeño (1918), La Idea (1921), La Voz de la Pampa (1925) y Aganipe (1925).

Por aquí pasó Emilio Arévalo Cedeño en 1921, enfermo, con cuatrocientos hombres de caballería, mal remontao, sin municiones, la mitad de su tropa también estropeada por la gripe, procedente de Altagracia de Orituco, en retirada hacia la frontera, teniendo encima las fuerzas de los Estados Anzoátegui, Guárico, Cojedes, Portuguesa, Zamora y Apure en una de sus tantas tentativas de derrocar a Gómez. Con ese propósito siete veces invadió a Venezuela, tres de las cuales hizo por Apure (la 3ª, la 4ª y la 7ª: Méndez Echenique, 1979: 48).

Puso preso al jefe civil y se adueñó del pueblo. En su autobiografía Cedeño nos cuenta:

Al fin atravesamos el Pao felizmente, y su paso era un triunfo para nosotros porque ganábamos tiempo en nuestras operaciones sobre el occidente de la República, para ganar las fronteras en retirada magnífica…
Al pasar a Cojedes marchamos apresuradamente a ocupar El Baúl, para poner otro obstáculo al enemigo con el paso del río Portuguesa. Ocupamos a El Baúl felizmente y seguí marcha sobre la población de Sabaneta de Turén… Dos leguas antes de llegar a aquella población y en el corazón de la montaña, nos encontramos con el enemigo al mando del General Hernández… (Cedeño, 1979: 163-164);

derrotado en “una sola carga” por las tropas de Emilio.

Por aquí pasó, en otro son, la señorita Estéfana González (1866-1952), natural del Tinaco, educadora, escritora y promotora cultural. Hizo lo que sabía hacer: enseñó y fundó el periódico La Idea en 1922 que después trasladó a su pueblo natal[1]. Circuló hasta 1945 y era impreso en los talleres de Francisco M. Arias. Murió en la ciudad donde nació en medio de un espantoso descuido de sus coterráneos, sumamente pobre.

Aquí vivió el Dr. Hilario Malpica Castrillo (1874-1956), 22 años ocupado de la medicina y la promoción cultural: “‘El Despertar’, de San Carlos, edición del 28 de octubre de 1911, en la sección ‘Correspondencia de El Baúl’, reseña que en la velada pro fondos para el templo se puso en escena un drama en dos actos, titulada ‘Por los gallos’, del Dr. Malpica y el joven Guillermo Fuentes. Días después se pusieron en escena ‘Un matrimonio en la portuguesa’, ‘Un cuarto con dos camas’ y ‘El Dr. Barriga’, todas de la autoría del Dr. Hilario Malpica” (Agüero, ponencia presentada en: II Seminario de Experiencias Investigativas de Historia Regional y Local Bejuma, 05 y 06 de octubre de 2007: EL PERIODISMO EN COJEDES EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX).

Malpica Castrillo reclamaba como suya la autoría de la canción “Fulgida luna” y participó de la política y el periodismo en Cojedes. En el Baúl fue animador de por lo menos tres empresas periodísticas: El Aerolito (1904), El Restaurador —un semanario de ciencias, literatura, política, artes e industrias— (1906) y el  Doctrinario (1907).
Virgilio Tosta en El Baúl (Historia de un pueblo; 1972), nos explica que “nuestro pueblo empezó a ser llamado, desde sus origines, El Baúl, sin duda, debido a la topografía del lugar donde fue establecido: un sitio rodeado (o encerrado) por cerros y ríos” (p. 10).

En ese texto de Tosta se nos dice que ya para 1802 el Baúl había evolucionado de pueblo de misión a curato de doctrina. Se precisa sus avatares en cuanto a división político-territorial: Para 1810 seguía siendo uno de los pueblos de la vasta Provincia de Caracas o Venezuela (p. 23); la Ley de División Territorial de Colombia (1824), lo anexó a la provincia de Carabobo del departamento Venezuela, formando parte del cantón San Carlos (p. 27); para 1830, a la Provincia de Carabobo se le suman nuevos cantones, entre estos, el del Pao de San Juan Bautista, al que ahora pertenece El Baúl (p. 29); para 1856, nos encontramos que por decreto del Congreso Nacional, fue erigido en la Provincia de Cojedes el cantón Girardot, con las parroquias de El Baúl, su cabecera, y Sucre, llamada antes los Menuditos (p, 34); en 1881 integra el territorio del gran Estado Sur de Occidente, en la versión de departamento Girardot de la sección Cojedes; en 1893 la Constitución Nacional cambia el nombre de Estado Sur por el de Zamora y las secciones se dividen en distritos (en caso Cojedes, estos eran siete: San Carlos, Pao, Tinaco, Falcón, Ricaurte, Girardot y Anzoátegui; división que se mantendrá cuando Cojedes vuelve a ser autónomo en 1909, hasta finales del siglo XX con la promulgación de Ley de Gobernadores y Alcaldes en que se adopta la denominación de Municipio).

Tres ilustres viajeros, en gesto digno de imitar, refieren lo aquí visto, oído y palpado en sus travesías por esta tierra.

Cuenta Virgilio Tosta que “el 22 de marzo de 1781, como a las once de la mañana, llegó al pueblo de El Baúl el Doctor Mariano Martí, Obispo de la Diócesis de Caracas, quien andaba de vista pastoral. Había salido el 20 de la villa del Pao, y en tres jornadas, recorrió las 25 leguas que separaban a El Baúl de aquella población. Al Prelado le pareció bueno el camino, “a excepción de algunas cortas distancias, o de algún cerrito pedregoso, de algunos terronales o de algunos caños y pasos del río Pao” (p. 11).

Ese pueblo que recibe al Obispo Martí contaba “con 538 almas y la población se componía de 168 indios, 201 blancos, 51 mulatos, 112 negros libres y 6 esclavos negros y mulatos. Los indios estaban agrupados en 33 familias con 37 casas; y los españoles, en 58 familias con 50 casas. Fuera del perímetro del pueblo no vivían español ni indio alguno” (p.14).

“Los indios eran buenos y ‘no ladrones’. No se mezclaban con los españoles, y evitaban que éstos llevasen relaciones ilícitas con sus mujeres. Los blancos y los negros tenían sus casas en el pueblo: gente pobre que no molestaba a los indios. En cambio, acaudalados vecinos de San Carlos habían ocupado las sabanas de El Baúl, con gran disgusto de los indios, quienes pedían que los intrusos fuesen expulsados de aquellas tierras” (p. 14).

“Las tierras de El Baúl eran buenas. Producían maíz, yuca, arroz, algodón, plátanos, frijoles y otros frutos. En ellas se cultivaba la caña de azúcar, y había ‘algunos trapiches de mano’. Abundaba la miel de abejas” (p. 15).

A los ojos del Obispo, “los indios andaban ‘poco aseados en el vestido, y algunos casi desnudos’. Las hembras solían llevar el ‘fustán aterciado’, o sea, colgado de los hombros. Atribuía en parte su desnudes a que eran perezosos. Rehusaban sembrar e hilar el algodón, aunque podían hacerlo fácilmente. No había cacique en la misión; pero sí un gobernador, dos alcaldes, un procurador y un capitán” (p. 15).

En 1849 llega a El Baúl, el científico alemán Karl Ferdinand Appun, discípulo de Humbolt y se encuentra con un pueblo distinto al del obispo Martí:

El pueblo en que me hallaba consistía en muchas casas que eran pulperías en su mayoría y presentaban un aspecto muy agradable por la pintura blanca de las paredes de adobe y por sus rojos techos de tejas. Delante de ellas una gran plaza abierta, sombreada en parte por un gigantesco tamarindo, se extendía hasta el río, en cuya ribera, allí plana, se hallaba una multitud de bongos, barcas, curiaras o como se llamen los botes de menor tamaño (...) Bajo el tamarindo había muchísimo movimiento: vendedores de carne fresca o seca, de chigüire y pescado, de frutas, de casabe y maíz exponían allí sus mercancías (...) vendedores de vajilla, loros vivos, monos y pollos se encontraban allí con el mismo propósito: todo ofrecía pues el espectáculo de un vivo mercado. Con sus trajes pintorescos, llaneros y ganaderos, hateros y peones, los caballos o mulas atadas a las rejas de las pulperías (...) En la comida fui sorprendido por muchos platos exquisitamente preparados, acompañados de varias delicadezas europeas: sardinas, ciruelas pasas, frutas conservadas en vinagre, olivas, etc, y finalmente un excelente dulce de guayaba. No faltaban ni el vino ni la champaña y lucían en la mesa sardinas “a l´huile”, langosta, “clams” (almeja de carne comestible), queso holandés, salchichas envueltas en papel de estaño, etc. El comercio del pueblo es activo, tanto con San Fernando de Apure como con la costa, llevando con esta el intercambio de ganado, queso, pescado seco y chigüire. (Appun, 1961: 269).

Este pueblo, sin duda alguna, ya había dejado de ser el pueblo de su fundador Fray Pedro José de Villanueva, fundador también en los terrenos sus alrededores de un hato que “para el tiempo de la visita del Obispo Martí, apenas tendría 200 cabezas y pertenecía a la misión”; y promotor antes sus autoridades superiores, éste Villanueva, en horas bien temprana de una “casa de educación para niñas” (Tosta, 1972: 14).

Este ya no era El Baúl de 1806 del que se quejaba el padre José Damián Acosta: “un lugar sin comercio, ni camino real, y sin fiestas religiosas” (Tosta, 1972: 21): era otra cosa, presa de otro delirio, objeto de otro experimento, distintos al de los conquistadores, en cierta medida, pero en esencia engendrador de una tragedia tan funesta, tan devastadora y sombríamente dolorosa de la misma magnitud de la conquista y la colonización; alertada a tiempo por el Libertador en su conocida conclusión del arado del mar de sus últimos días cuando estos pueblos prefirieron seguir a Páez y a Santander…

¿De qué estamos hablamos? Nada menos que del empoderamiento de esa visión del progreso que hemos visto naufragar desde entonces hasta nuestro días: el progreso concebido sobre las bases de cartón de la riqueza fácil, de una mera renta de cualquier actividad económica, en donde los intereses de las elites se confunden con los intereses del país, muy ilustrada esa visión de gobierno en el Mensaje que el Dr. Guillermo Tell Villegas, gobernador de la Provincia de Cojedes presenta a la Honorable Diputación de 1856:

La llegada del vapor a nuestra provincia ensanchará y hará más importante nuestro comercio, y traerá, por consiguiente, como en Nutrias y Apurito, el establecimiento en la parroquia del Baúl y demás puntos donde vaya tocando, de casas tan fuertes como las de Puerto Cabello. (Tosta, 1972: 36).

Es decir, Ramón Villegas; guardando las distancias, esa es la misma visión de la “Venezuela saudita” o la “gran Venezuela”, que como primeras necesidades tienen la mampostería, las autopistas, el neón y la construcción del país de modo que se parezca cada vez más a los Estados Unidos.

Ese es El Baúl de los años cincuenta, de Guillermo Tell Villegas, el mismo que se incorpora a la red fluvial del eje Orinoco-Apure, con fondeadero, casi obligado como segundo puerto del país, San Fernando de Apure, cuyas casas comerciales contaban con oficinas en Paris y como destino principal a Ciudad Bolívar; el mismo Baúl surtidor de sus estados vecinos, ensalzado por el viajero Michelena y Rojas en 1867:

...de El Baúl, por la Portuguesa, todos los demás víveres, como plátanos, papelón, casabe, maíz y hasta gran cantidad de pescado salado. Puede decirse con propiedad, tal es la abundancia de toda especie de alimentos que vienen de El Baúl a San Fernando, que aquel pueblo, rico y laborioso, basta por si solo para alimentar a este último; lo que lo hace ser el mercado indispensable para sus abastos. (Cunill Grau, 1987: 1.980).

Ese delirio duró hasta los años 40 del siglo XX, arrasado por el general paludismo, mucho más devastador que los generales de nuestras montoneras y conflictos armadas, entre las elites y el pueblo; y por su puesto, arrastrado por un nuevo delirio, eso que Rodolfo Quintero denominó la cultura del petróleo y la nueva realidad que surgió en el país a partir de su aparición y comercialización.

Fíjesen ustedes; en lugar de aprovechar esa renta del comercio fluvial en educación y en investigación científica, en buenos centros de atención hospitalarios, el ilustre gobernador pensaba en casas fuertes como la de Puerto Cabellos.

El Baúl de 1881 se compone de tres parroquias: dos urbanas (El Baúl y San José) y una foránea (Sucre) (Tosta, 1972: 42).

La parroquia El Baúl, cabecera del departamento, estaba formada de los vecindarios Charco Azul, Cordero, Quita Calzó, Carrao, Diviidvi, la Quesera, San Miguel, el Socorro, Zanja de Lira y Cerrillos.

La de San José la integraba los caseríos Guanarito Arriba, Guanarito Abajo, el Oso, el Cerro, el Guayabo, el Frasco, Coje Borra, Caño de la Pica, el Rebote, Samancito, Santa Bárbara, San Miguel del otro lado del río y las Empalizadas.

La parroquia Sucre se componía de los vecindarios Bejuquero, Portuguesa, las matas, Paso Real de Cojedes, Costa del río Tinaco, Santa Rita (o Mata Oscura), Arrecifal y la Culebra (Tosta, 1972: 42).

Según el censo de 1881 el departamento Girardot contaba con 1763 casas y 10.767 habitantes.

La parroquia El Baúl, con 664 casas y 4216 habitantes. Sucre, con 505 habitaciones y 2965 personas. Y San José con 594 casas y 3586 almas.

Testimonios de El Baúl de las tres primeras décadas del siglo XX la ofrendan los ilustres historiadores —barinés uno, apureño, el otro— Virgilio Tosta y Ricardo Archila.

El Municipio Girardot de estos primeros ocho años del siglo XXI lo componen dos parroquias: Sucre y El Baúl —la capital.

La segunda, constituida por los vecindarios, sitios y caseríos siguientes: San Miguel, Quebrada de agua, Las Queseras, Reinoso, Jabillal, La Tolvanera, La Esperanza, Las Bombas, El gallo, El Tamarindo, La Empalizada, Samancito, Valoreño, El Pereño, El Manire, Igüez, Caño negro, Urape, Platinal, La Cañada, Los Medanos, Las Tejitas, Caujarito, Garabato centro, Garabato arriba, El Polvero, Tiestal, Zanja de Lira (Tinajero, Quintinero, Boca de canoa y Paso de igüez); mientras que la parroquia Sucre suma los siguientes: La Culebra, La Sabana (Las parcelas), Los Caños, Palmita, Santa Rita, Chiverri, Bejuquero, El Palmar, La Esperanza y La Batea (Informante: José Ríos).

Este Baúl, para las elecciones de 2006, de acuerdo con las estadísticas del Consejo Nacional Electoral, aportó una población de 7.492 de votantes: 5.988 provenientes de la parroquia El Baúl y 1.504 de la Parroquia Sucre.

Después de tu muerte, estimado poeta; lo mejor que se ha escrito acerca de El Baúl, son: el cuento del joven escritor cojedeño Eduardo Mariño, Sombras que bajan por el río (2002), El paludismo jugaba garrote en El Baúl (2004), un libro sin desperdicios, donde a ti se te menciona con afecto y que da cuenta de los nueve años que vivió Virgilio Tosta en El Baúl; digamos, un hermoso libro de crónicas y de vivencias que participa de otras ambiciones: allí encontramos todas una sociología de una de las maneras del ser llanero. Igualmente, Villegas, la tesis del antropólogo Argenis Agüero, aún inédita, Elite, comercio  y  poder en El Baúl en las dos últimas décadas del siglo XIX.

Así pues, Villegas Izquiel, ese pueblo tuyo tiene suerte: cuenta con partida de nacimiento, biografía, un cuento de buena factura literaria, poemas y hasta dispone de un corto y extraordinario cancionero que me dio por compilar, cuyos autores en su mayoría conocemos y ahora se pueden comprender porque yo, los traté de héroes y del linaje de los libertadores, al inicio de estas palabras, de cual presentamos las muestras siguientes:
¿Te acuerdas de TARDES COJEDEÑAS, letra de Juanito Navarro y música del viejo Andrés Vera?

Una tarde de paseo
por la calle Los Placeres
vi esos lindos panoramas
que envuelven al río Cojedes.

¿Te acuerdas de TARDES DE EL BAÚL, de Rogelio Arvelo, Silvio Cancines y Ramón Díaz:

Sobre la inmensa llanura,
y a orilla del río Cojedes,
está mi pueblo querido,
cuna de lindas mujeres.

Las tardes en nuestro pueblo,
cuando la aurora es risueña,
salen a pasear sonrientes,
aquellas lindas bauleñas.

Llegué una tarde a El Baúl,
me puse a mirarlo lejos,
me palpitó el corazón,
recordando tiempos viejos.

Me contó Vicentico Rodríguez que Germán Fleites Beroes, encontrándose el 8 mayo de 1969, en el club Social Girardot, en compañía de Santiago Colmenares, Manuel Gómez, Antonio Silva, Fidel Díaz y Vicente Rodríguez, padre, escribió como de un soplo, lo que después Jesús Moreno, grabó y llamó CRUZANDO POR VENEZUELA:

Cruzando por Venezuela,
me topé con las bauleñas,
perfumadas y trigüeñas,
como la flor de canela.
Me pasé la noche en vela,
contemplando las estrellas,
y al compararlas con ellas,
de inmediato comprendí
que las muchachas de aquí
son más puras y más bellas.

Me ha dicho Demetrio Carrillo que Jesús Moreno vivió un tiempo aquí; Francisco Montoya me refirió de sus travesías entre Sucre y El Baúl; de ese andar, ir y venir, Montoya compuso EL BAÚL DE MIS RECUERDOS:

Cuando recuerdo a El Baúl
mi sentimiento es muy grande
será porque en él yo tengo
a mi amor inolvidable.
Cuando conocí a El Baúl,
un sábado por la tarde,
también pude conocer
a sinceras amistades…
(…)
yo quiero que me regale,
un caballo que sea bueno
que repique un pasillano
para pasear a El Baúl
entre palos por sus calles.

Vicentico Rodríguez, le ha honrado con dos temas, EL PUEBLO DE MIS AMORES y PASO REAL DE SAN MIGUEL, interpretados por Keyla Gutiérrez y Ramón Ortiz:

En aquel mil setecientos cuarenta y cuatro,
año de su fundación,
nació San Miguel Arcángel,
de la boca del Tinaco;
y después los feligreses,
del otro lado, hacia el sur,
cambian el sitio del pueblo,
que ilumina un sol tan bello,
con el nombre de El Baúl.

Vicentico es hijo del viejo Rodríguez, el compositor de MATAOSCURA grabada por Ramón Díaz en 1962 y contertulio de Ángel Custodio Loyola y José Romero Bello:

De Mataoscura a la aduana,
y el mogote Iturricero;
más bella se ve la aurora (arpa sonora);
más verde se ve el estero.

Lionso Vera, tiene en planes grabar: EL BAÚL: MI MÁS BONITA HERENCIA, cuya música y letra le pertenecen:

Que lindo se ve mi pueblo (mi lindo pueblo),
cuando comienza el invierno,
y en el paso San Miguel,
el río Tinaco se abraza con el Cojedes.
Las aguas siguen bajando (Negro Zapata),
cargamentos de recuerdos,
y allá en la orilla del río,
los pescadores acomodan los anzuelos.

Y en las noches se reúnen
para contar sus andazas,
que desde niños tuvieron,
y así se pasan los días…
para ellos es alegría,
volverla contar de nuevo.

El Baúl es para mí,
la más bonita herencia que me dieron,
y por eso donde voy,
mi gran orgullo es decir,
que yo soy bauleño.

En el Manire nací,
un caserío lleno de amor y recuerdo,
donde mis ojos allí,
una mañana, por primera vez , se abrieron.

Y si estoy lejos de ti,
me llevan un puño e tierra,
el día en que yo me muera;
lo riegan dentro e mi fosa,
para sentir que me entierran
en mi pueblito llanero.

Para Reynaldo Armas…

El Baúl es un pueblito,
de gente buena y sincera,
arraigada a sus costumbres.
Un pedazo de leyenda;
es un surco de esperanza;
de futuro una cantera;
riachuelo de aguas tranquilas,
donde se ahogan las penas,
donde el llanero se inspira
en noches de luna llena…
el caminante sin rumbo
que abrió la primera senda
pa’ que los demás llaneros
caminen y no se pierdan…
sabana, ríos y esteros,
refugio de mil andazas…

El quejido de la tierra unido al del hombre; una sola herida, la del paisaje maltrecho, los animales y el humano ser parados en un mismo escenario, sin estorbarse; otra manera de conjurar la soledad y sortear el peligro, mantener viva la esperanza; la llaga y el charco, el terrenal, el suelo cuarteado, el azulejo y el arrendajo, el silbo de la brisa en los pajonales, todo en un solo grito; formado parte de la huella que queda después de lo andado…

Gallegos hizo el balance del llano del feudalismo y lo disfrazó de Doña Bárbara, frente el cual imaginó y pretendió superar con unos remedios que a la postre resultaron peor que la enfermedad, simbolizado en la figura de Santos Luzardo: la universidad, la civilización y los valores de la sociedad capitalista…

Por hacer, el balance del llano de Luzardo y sus cercas de púa, donde antes todo era rumbos.

Sánchez Olivo como sabemos se cuadró con el llano atrasao…

Si eso es civilización,
si eso llaman avanzá,
prefiero las cosas mías
en mi llanura atrasá:
mi franela “Cocodrilo”
(…)
mis patas encotizás,
mi sombrero pelo ‘e guama
en mi pelo sin peiná,
(…)
y mi cobija terciá,
y mi grito sin linderos
como voz de tempestá
cantando el “Seis por Derecho”
al pie del arpa vená
con mi boca oliendo a ron
y a tabaco de mascá,
después de ganá la arepa
con mis dos manos honrás.

¿Cuál será el nuestro, el de este socialismo del siglo XXI?

Hasta aquí llego; viejo poeta; de auditórium tengo gente muy ocupadas que carecen de tiempo para hablar de las cosas que a nosotros los poetas nos gusta hablar…


BIBLIOGRAFÍA Y HEMEROGRAFÍA

Agudo Fleites, Raúl (1969): Pío Tamayo y la vanguardia. Caracas: UCV.
Agüero, Argenis (2008): Elite, comercio  y  poder en El Baúl en las dos últimas décadas del siglo XIX. Tesis de grado.
Agüero, Argenis (2006): El periodismo en Cojedes en la segunda mitad del siglo XIX. Revista Memoralia (3): 181-193.
Agüero, Argenis (2007): El periodismo en Cojedes en la primera mitad del siglo XX (Ponencia). II Seminario de Experiencias Investigativas de Historia Regional y Local. Bejuma, 5 y 6 de octubre.
Appun, Karl F. (1861): En los trópicos. Caracas: U.C.V.
Borjas, José Antonio (1984): Personajes populares de mi pueblo. Barinas: UNELLEZ.
Borjas, José Antonio (1989): El río de mi obsesión. San Carlos: Asociación de Escritores del Estado Cojedes.
Cedeño, Arévalo (1979): El libro de mis luchas. Caracas: Publicaciones Seleven C. A.
Cunill Grau, Pedro (1987): Geografía del poblamiento venezolano en el siglo XIX. Tomo III. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República.
El Cojo Ilustrado: de 1900: Nº 202,  Nº 208 y Nº 216; de 1901: Nº 224, Nº 229, Nº 231, Nº 232 y Nº 239; de 1904: Nº 309; de 1906: Nº 337; y de 1907: Nº 362, Nº 379 y Nº 380.
Fernández García, Alejandro (1901): Cuentistas venezolanos. El Cojo Ilustrado. Caracas, diciembre 15.
Gaceta de Caracas, miércoles 21 de mayo de 1817.
Gaceta de Caracas, miércoles 26 de mayo de 1819.
Guevara, Maximiliano (s. f./ed.): Mirada y rumbo. Falcón: Instituto Universitario de Tecnología “Alonso Gamero”.
Guevara, Maximiliano (1995): Donde los senderos se bifurcan. Caracas: Ed. del autor.
Guevara, Maximiliano (1999): Mulieribus. Ed. del autor.
Jiménez Arraiz (1900): Un poeta: Rafael Silva. El Cojo Ilustrado. Caracas, octubre 15.
Mariño, Eduardo (2002): Sombras que bajan por el río. Moral y Luces (1-2): 89-85. 
Méndez Echenique, Argenis (1979): Historia de Apure (Visión panorámica). San Fernando de Apure: Publicaciones del Cronista del estado Apure. 
Pedreáñez Trejo, Héctor (1982): Historia del Estado Cojedes. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República.
Pedreáñez Trejo, Héctor (1990): En el reino del caimán (Una parodia de la gesta de Bolívar). Caracas: Ediciones Centauro.
Pérez, Miguel (2004): Gran pulpería del libro. San Carlos de Austria: Instituto de Cultura del estado Cojedes.
Sánchez Olivo, Julio C. (1986): Vistazo a Acción Democrática a través del recuerdo y de la angustia. Hogar de ancianos de Biruaca-Apure: publicación del autor.
Tosta, Virgilio (1972): El Baúl (Historia de un pueblo). Caracas: Ed. del autor.
Tosta, Virgilio (2004): El paludismo jugaba garrote en El Baúl. Caracas: Ed. del autor.
ULA (1987): Diccionario general de la literatura venezolana. T. II. Mérida: Instituto de Investigaciones Literarias “Gonzalo Picón Febres”.
Villegas Izquiel, Ramón (1981): Remanso. San Carlos: Ediciones de Fundacojedes.
Villegas Izquiel, Ramón (1988): El pianito de Marialina i otros relatos del vivir i recordar. San Carlos: Asociación de Escritores del Estado Cojedes.
Villegas Izquiel, Ramón (1994): Panegírico de mi pueblo. San Carlos: Instituto de Cultura del Estado Cojedes.
Villegas Izquiel, Ramón (1991): Acuarelas infantiles —Poesías para imaginar—. San Carlos: Publicaciones de la Gobernación del Estado Cojedes/Dirección de Estado para la Cultura.

NOTAS 
[1] Desde abril de 1929 se había residenciado en El Tinaco y en marzo de 1933 empezó a editarlo aquí… de acuerdo con Agüero (Ponencia).